miércoles, 26 de febrero de 2014

Isaac Asimov

Uno de los principios favoritos de Gregory Powell era que con la excitación no se gana nada; de manera que cuando Mike Donovan bajó las escaleras saltando hacia él, con el cabello rojo empapado de sudor, Powell frunció el ceño.
-¿Qué pasa? -dijo-. ¿Te has roto una uña?
-¡Ya!... -exclamó Donovan  febril-. ¿Qué has estado haciendo aquí abajo todo el día? -Hizo una profunda aspiración-: ¡Speedy no ha regresado!
Los ojos de Powell se agrandaron momentáneamente y se detuvo en la escalera; después reaccionó y siguió subiendo. No pronunció una palabra hasta llegar al rellano de arriba y entonces dijo:
-¿Has mandado a buscar el selenio?
-Sí.
-¿Y cuánto tiempo lleva fuera?
-Cinco horas ya.

Silencio. Era una situación endiablada. Llevaban exactamente doce horas en Mercurio y ya estaban metidos hasta las cejas en el mar de las complicaciones.  Hacía ya tiempo que Mercurio era el mundo endiablado del sistema, pero aquello resultaba excesivo, incluso para el diablo.

Yo, Robot

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