Uno de los principios
favoritos de Gregory Powell era que con la excitación no se gana nada; de
manera que cuando Mike Donovan bajó las escaleras saltando hacia él, con el
cabello rojo empapado de sudor, Powell frunció el ceño.
-¿Qué
pasa? -dijo-. ¿Te has roto una uña?
-¡Ya!...
-exclamó Donovan febril-. ¿Qué has estado haciendo aquí abajo todo el
día? -Hizo una profunda aspiración-: ¡Speedy no ha regresado!
Los ojos de
Powell se agrandaron momentáneamente y se detuvo en la escalera; después reaccionó
y siguió subiendo. No pronunció una palabra hasta llegar al rellano de arriba y
entonces dijo:
-¿Has mandado a buscar el
selenio?
-Sí.
-¿Y cuánto tiempo lleva fuera?
-Cinco horas ya.
Silencio. Era una
situación endiablada. Llevaban exactamente doce horas en Mercurio y ya estaban
metidos hasta las cejas en el mar de las complicaciones. Hacía ya tiempo que Mercurio era el mundo
endiablado del sistema, pero aquello resultaba excesivo, incluso para el
diablo.
Yo, Robot
No hay comentarios:
Publicar un comentario