viernes, 17 de junio de 2022

Salvador Salazar Arrué "Salarrué"

...

Dejó al fin de pringar. Un vientecito brincador empezó a barrer el cielo. El sol logró meter un rayo dioro en la laguna, como carrizo en jícara, y empezó a beberse la cebada espumosa de aquella neblina. A las tres se vido clarito las dos rodillas prietas del volcán acurrucado allá en Oriente. Como enormes esponjas oscuras, fueron apareciendo las ramazones de los palos asomados a la playa. En el patio del rancho cercano, la tarraya colgada de una pértiga parecía la telaraña del callar, para coger moscas de ruido.


Cuentos de barro

Bruma 

jueves, 18 de abril de 2019

Stanisław Lem


Desplegué entonces sobre la mesa un mapa de estrellas y, a la  luz de la cercana Betelgeuse, velada a ratos por la ternera que volvía sobre su órbita, busqué en la región en la que me encontraba la sede de alguna civilización cósmica que pudiera prestarme ayuda. Sin embargo, era un desierto estelar completo, que todas las naves evitaban por ser una zona excepcionalmente peligrosa, puesto que se encontraban en ella unos remolinos de gravitación, tan enigmáticos como amenazadores, en la cantidad de 147, cuya existencia tratan de aclarar seis teorías astrofísicas, cada una de modo diferente.
El calendario cosmonáutico advertía a los viajeros sobre las consecuencias imprevisibles de los efectos relativísticos que pueden sufrir al paso por un remolino, sobre todo si la nave circula a una gran velocidad.
A mí, estas advertencias no me servían, ya que no tenía control sobre mi nave. Calculé solamente que chocaría con el borde del primer remolino a eso de las once, así que me di prisa en la preparación del desayuno, para no tener que enfrentarme en ayunas con el peligro. Estaba secando el último plato cuando el cohete empezó a dar tumbos y sacudidas tan fuertes que los objetos volaban de una pared a otra. Me arrastré a duras penas hasta la butaca, a la cual logré atarme. Mientras las sacudidas se hacían cada vez más fuertes, vislumbré al lado opuesto del habitáculo una especie de neblina lila y, en medio de ella, entre la pica y la cocina, una confusa silueta humana con delantal vertiendo huevos batidos en la sartén.
La aparición me miró con atención, pero sin ninguna muestra de asombro, y luego se desdibujó y desapareció. Me froté los ojos. Como mi soledad era un hecho irrefutable, atribuí aquella imagen a un aturdimiento momentáneo.
Sentado en mi butaca o, mejor dicho, saltando con ella, comprendí en un momento de lucidez que no fue una alucinación. Justo entonces pasaba cerca de mí un grueso volumen de la teoría general de la relatividad. Intenté atraparlo al vuelo y lo conseguí al cuarto intento. No era nada fácil hojear el pesado libro en aquellas condiciones –las fuerzas que hacían dar tumbos de borracho a la nave eran terribles–, pero encontré por fin el párrafo que me interesaba. Se hablaba en él de los fenómenos del llamado «lazo temporal», o sea, la inflexión de la dirección del fluir del tiempo dentro del área de los campos gravitatorios de tremenda fuerza, que pueden provocar incluso un cambio de la dirección tan radical que ocurre lo que se llama «duplicación del presente». El remolino que acababa de atravesar no era de los más potentes. Sabía que, si pudiera desviar un poquito la proa de la nave hacia el polo de la galaxia, cortaría el llamado Vórtex Gravitatiosus Pinckenbachii, donde fueron observados repetidas veces los fenómenos de la duplicación y hasta triplicación del presente.


Diarios de las Estrellas
Viajes de Ijon TIichy
Viaje Séptimo

miércoles, 5 de octubre de 2016

Julio Verne

Capítulo I

El domingo 24 de mayo de 1863, mi tío, el profesor Lidenbrock, regresó precipitadamente  su casa, situada en el número 19 de la König-strasse, una de las calles más antiguas del barrio viejo deHamburgo.
Marta, su excelente criada, se azaró de un modo extraordinario, creyendo que se había retrasado, pues apenas si empezaba a cocer la comida en el hornillo.
“Bueno” pensé para mí, “si mi tío viene con hambre, se va a armar la de San Quintín porque dificulto que haya un hombre de menos paciencia.”
—¡Tan temprano y ya está aquí el señor Lidenbrock! —exclamó la pobre Marta, llena de estupefacción, entreabriendo la puerta del comedor.
—Sí, Marta; pero tú no tienes la culpa de que la comida no esté lista todavía, porque aún no son las dos. Acaba de dar la media en San Miguel.
—¿Y por qué ha venido tan pronto el señor Lidenbrock?
—Él nos lo explicará, probablemente.
—¡Ahí viene! Yo me escapo. Señor Axel, hágale entrar en razón.
Y la excelente Marta se marchó presurosa a su laboratorio culinario, quedándome yo solo.
Pero, como mi carácter tímido no es el más a propósito para hacer entrar en razón al más irascible de todos los catedráticos, me disponía a retirarme prudentemente a la pequeña habitación del piso alto que me servía de dormitorio, cuando giró sobre sus goznes la puerta de la calle, crujió la escalera de madera bajo el peso de sus pies fenomenales, y el dueño de la casa atravesó el comedor, entrando presuroso en su despacho, colocando, al pasar, el  pesado bastón en un rincón, arrojando el mal cepillado sombrero encima de la mesa, y diciéndome con tono imperioso:
—¡Ven, Axel!
No había tenido aún tiempo material de moverme, cuando me gritó el profesor con acento descompuesto:
—Pero, ¿qué haces que no estás aquí ya?

Y me precipité en el despacho de mi irascible maestro. Otto Lidenbrock no es mala persona, lo confieso ingenuamente; pero, como no cambie mucho, lo cual creo improbable, morirá siendo el más original e impaciente de los hombres.

Viaje al centro de la Tierra

martes, 6 de enero de 2015

Umberto Eco

Cuando nos quedamos los tres solos, Guillermo despejó una de las mesas de los añicos y folios que la cubrían, y me dijo que le fuese pasando uno a uno los libros de la colección de Severino. Pequeña colección, comparada con la grandísima del laberinto, pero compuesta, sin embargo, por decenas y decenas de volúmenes de diferentes tamaños, que antes estaban ordenados en los anaqueles y que ahora yacían confusamente en el suelo, mezclados con diversos objetos, y ya trastocados por las manos febriles del cillerero, y algunos incluso destrozados como si lo que éste hubiese estado buscando no fuera un libro sino algo que debía encontrarse entre las páginas de un libro. Algunos habían sido desgarrados con violencia, y yacían sin encuadernación. Recogerlos, ver rápidamente de qué trataban, y acomodarlos en pilas sobre la mesa, no fue cosa fácil, y hubo que hacerlo a toda prisa, porque el Abad nos había concedido poco tiempo, puesto que después debían entrar los monjes para recomponer el cuerpo desgarrado de Severino y disponerlo para la sepultura. Y además había que buscar alrededor, debajo de las mesas, detrás de los anaqueles y los armarios, por si algo había escapado a una primera inspección. Guillermo no quiso que Bencio me ayudase, y sólo le permitió que permaneciera de guardia junto a la puerta. A pesar de las órdenes del Abad, muchos se agolpaban tratando de entrar: sirvientes aterrados por la noticia, monjes que lloraban a su hermano, novicios que llegaban con paños blancos y palanganas con agua para lavar y envolver el cadáver...

De modo que debíamos proceder con rapidez. Yo cogía los libros y los pasaba a Guillermo, quien los examinaba y los ponía sobre la mesa. Después comprendimos que así tardábamos mucho, y empezamos a mirarlos los dos, o sea que yo cogía un libro, lo recomponía cuando estaba roto, leía el título y lo dejaba sobre la mesa. En muchos casos se trataba de folios sueltos...

El nombre de la rosa.


sábado, 15 de noviembre de 2014

Édgar Allan Poe

Pegada la frente a los cristales, me dediqué a estudiar la multitud, cuando de pronto se me hizo visible un rostro (el de un anciano decrépito de unos sesenta y cinco o setenta años) que detuvo y absorbió al punto toda mi atención, a causa de la absoluta singularidad de su expresión. Jamás había visto nada que se pareciese remotamente a esa expresión. Me acuerdo de que, al contemplarla, mi primer pensamiento fue que, si Retzch la hubiera visto, la hubiera preferido a sus propias encarnaciones pictóricas del demonio. Mientras procuraba, en el breve instante de mi observación, analizar el sentido de lo que había experimentado, crecieron confusa y paradójicamente en mi Cerebro las ideas de enorme capacidad mental, cautela, penuria, avaricia, frialdad, malicia, sed de sangre, triunfo, alborozo, terror excesivo, y de intensa, suprema desesperación. «¡Qué extraordinaria historia está escrita en ese pecho!», me dije. Nacía en mí un ardiente deseo de no perder de vista a aquel hombre, de saber más sobre él. Poniéndome rápidamente el abrigo y tomando sombrero y bastón, salí a la calle y me abrí paso entre la multitud en la dirección que le había visto tomar, pues ya había desaparecido. Después de algunas dificultades terminé por verlo otra vez; acercándome, lo seguí de cerca, aunque cautelosamente, a fin de no llamar su atención. Tenía ahora una buena oportunidad para examinarlo. Era de escasa estatura, flaco y aparentemente muy débil. Vestía ropas tan sucias como harapientas; pero, cuando la luz de un farol lo alumbraba de lleno, pude advertir que su camisa, aunque sucia, era de excelente tela, y, si mis ojos no se engañaban, a través de un desgarrón del abrigo de segunda mano que lo envolvía apretadamente alcancé a ver el resplandor de un diamante y de un puñal. Estas observaciones enardecieron mi curiosidad y resolví seguir al desconocido a dondequiera que fuese.

El Hombre de la multitud (Cuento)

martes, 23 de septiembre de 2014

Umberto Eco

Primer día
PRIMA

Donde se llega al pie de la abadía y Guillermo da pruebas de gran agudeza.

Era una hermosa mañana de finales de noviembre. Durante la noche había nevado un poco, pero la fresca capa que cubría el suelo no superaba los tres dedos de espesor. A oscuras, en seguida después de laudes, habíamos oído misa en una aldea del valle. Luego, al despuntar el sol, nos habíamos puesto en camino hacia las montañas.

Mientras trepábamos por la abrupta vereda que serpenteaba alrededor del monte, vi la abadía. No me impresionó la muralla que la rodeaba, similar a otras que había visto en todo el mundo cristiano, sino la mole de lo que después supe que era el Edificio. Se trataba de una construcción octogonal que de lejos parecía un tetrágono (figura perfectísima que expresa la solidez e invulnerabilidad de la Ciudad de Dios), cuyos lados meridionales se erguían sobre la meseta de la abadía, mientras que los septentrionales parecían surgir de las mismas faldas de la montaña, arraigando en ellas y alzándose como un despeñadero. Quiero decir que en algunas partes, mirando desde abajo, la roca parecía prolongarse hacia el cielo, sin cambio de color ni de materia, y convertirse, a cierta altura, en burche y torreón (obra de gigantes habituados a tratar tanto con la tierra como con el cielo). Tres órdenes de ventanas expresaban el ritmo ternario de la elevación, de modo que lo que era físicamente cuadrado en la tierra era espiritualmente triangular en el cielo. Al acercarse más se advertía que, en cada ángulo, la forma cuadrangular engendraba un torreón heptagonal, cinco de cuyos lados asomaban hacia afuera; o sea que cuatro de los ocho lados del octágono mayor engendraban cuatro heptágonos menores, que hacia afuera se manifestaban como pentágonos. Evidente, y admirable, armonía de tantos números sagrados, cada uno revestido de un sutilísimo sentido espiritual. Ocho es el número de la perfección de todo tetrágono; cuatro, el número de los evangelios; cinco, el número de las partes del mundo; siete, el número de los dones del Espíritu Santo. Por la mole, y por la forma, el Edificio era similar a Castel Urbino o a Castel dal Monte, que luego vería en el sur de la península italiana, pero por su posición inaccesible era más tremendo que ellos, y capaz de infundir temor al viajero que se fuese acercando poco a poco. Por suerte era una diáfana mañana de invierno y no vi la construcción con el aspecto que presenta en los días de tormenta.

El nombre de la rosa

miércoles, 9 de julio de 2014

J.J.R. Tolkien

Del Principio de los días.

Se dice entre los sabios que la Primera Guerra estalló antes de que Arda estuviera del todo acabada, y antes de que nada creciera o anduviera sobre la Tierra; y durante mucho tiempo Melkor tuvo la mejor parte. Pero en medio de la guerra, un espíritu de gran fuerza y osadía acudió en ayuda de los Valar habiendo oído en el cielo lejano se que libraba una batalla en el Pequeño Reino; y el sonido de su risa lleno toda Arda. Así llegó Tulkas el Fuerte, cuya furia pasa como un viento poderoso, esparciendo nubes y oscuridad por delante; y la risa y cólera de Tulkas ahuyentaron a Melkor, que abandonó Arda, y durante mucho tiempo hubo paz. Y Tulkas se quedó y convirtió en uno de los Valar del Reino de Arda; pero Melkor meditaba en las tinieblas exteriores y desde entonces odió para siempre a Tulkas.


Quenta Silmarillion
La historia de los Silmarils

El Silmarillion

miércoles, 7 de mayo de 2014

Julio Verne

El 23 de enero Shandon se encontraba inspeccionando las obras en los astilleros. La espesa niebla no impidió que viera a un hombre bajo, grueso, de cara fina y alegre y mirada amable, que se dirigió a él, le cogió las dos manos y las sacudió con vigor. Aquel hombrecillo parecía ser francés.
El personaje hablaba con vehemencia, y gesticulaba como un molino de viento. Sus ojos pequeños y su boca grande parecían válvulas de escape que le permitían desprenderse del exceso de energía. Hablaba, y hablaba tanto y tan alegremente, que Shandon no entendía palabra.
Pero el segundo del Forward no tardó en identificar a aquel hombrecillo a quien no había visto nunca. Una luz iluminó su espíritu, y, aprovechando el momento que necesitaba el otro para respirar, Shandon preguntó.
-¿El doctor Clawbonny?
-¡El mismo en persona! ¡Más de un cuarto de hora lo he estado buscando! ¡Cinco minutos más y me vuelvo loco! ¿Conque Ud. es el comandante Ricardo? ¿Conque existe realmente? ¿No es un mito? ¡Su mano, su mano! ¡Es la mano de Ricardo Shandon! ¡Sí, hay un comandante y hay un bergantín Forward!
-Sí, doctor, yo soy Shandon, y hay un bergantín Forward que partirá.
-Es lo lógico -respondió el doctor-. Estoy muy contento. Hacía mucho tiempo que esperaba esta coyuntura, y deseaba emprender el viaje que voy a llevar a cabo.
-Permítame... -dijo Shandon.
-Con Ud. -repuso Clawbonny, sin cuidarse de lo que le decía su interlocutor- estamos seguros de ir lejos y de no retroceder nunca.
-Pero... -repuso Shandon-.
El doctor seguía con su torrente de palabras.
-Porque usted es un valiente marino, comandante.
-Pero no se trata ahora de eso -dijo Shandon impaciente.
-¿De qué se trata, entonces?
-¡Diablos! ¡Si usted no me deja hablar! Dígame, doctor, ¿quién lo ha inducido a tomar parte en la expedición del Forward?
-¿Quién? Una carta, una carta de un bravo capitán. Sin decir más, el doctor entregó a Shandon una carta escrita en los siguientes términos:
Inverness, 27 de enero de 1860.
"Al doctor Clawbonny.
"Liverpool.
"Si quiere embarcarse en el Forward para una larga expedición, puede presentarse al comandante Ricardo Shandon, quien ha recibido ya las instrucciones respectivas.
"El capitán del Forward.
K.Z.”
-Recibí la carta esta mañana, y ya estoy aquí dispuesto a pasar a bordo del Forward.
-Pero al menos, doctor -repuso Shandon-, usted sabe cuál es el objeto de este viaje...
-No sé nada; pero, ¿qué importa? Dicen que soy un sabio, pero se equivocan; yo no sé nada.
Pero se me ofrece completar, o, por mejor decir, rehacer mis conocimientos en medicina, en cirugía, en historia, en geografía, en botánica, en mineralogía, en geodesia, en química en física, en mecánica, en hidrografía, y yo acepto el ofrecimiento sin hacerme de rogar.
-Entonces -repuso Shandon-, ¿tampoco sabe usted adónde va el Forward?

-Sí, comandante; va adonde hay que aprender, y qué descubrir, va donde se encuentran otras costumbres, otras comarcas, otros pueblos, para estudiarlos en el ejercicio de sus funciones; va, en una palabra, adonde yo no he ido nunca.

Aventuras del Capitán Hatteras

domingo, 20 de abril de 2014

Gabriel García Márquez

     El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla  hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.
     Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una mañana difícil de sortea, aun para un hombre como él que había sobrevivido a tantas mañanas como ésa. Durante cincuenta y seis años -desde cuando terminó la última guerra civil- el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegan...

El coronel no tiene quien le escriba

miércoles, 2 de abril de 2014

Julio Cortázar

En setiembre del 80, pocos meses después del falle-
Y las cosas que lee, una novela mal escrita, para colmo
cimiento de mi padre, resolví apartarme de los negocios,
una edición infecta, uno se pregunta cómo puede intere-
cediéndolos a otra casa extractora de Jerez, tan acreditada
sarle algo así. Pensar que ha pasado horas enteras de-
como la mía; realicé los créditos que pude, arrendé los 
vorando esta sopa fría y desabrida, tantas otras lecturas 
predios, traspasé las bodegas y sus existencias, y me fui a 
increíbles, Elle y France Soir, los tristes magazines que le
vivir a Madrid. Mi tío (primo carnal de mi padre), don
prestaba Babs. Y me fui a vivir a Madrid, me imagino
Rafael Bueno de Guzmán y Ataide, quiso albergarme 
que después de tragarse cinco o seis páginas uno acaba
en su casa; mas yo me resistí a ello por no perder mi in-
por engranar y ya no puede dejar de leer, un poco como 
dependencia. Por fin supe hallar un término de conci-
no se pude dejar de dormir o mear, servidumbres o 
liación, combinando mi cómoda libertad con el hospi-
látigos o babas. Por fin supe hallar un termino de concilia-
talario deseo de mi pariente; y alquilando un cuarto
ción, una lengua hecha de frases preacuñadas para trans
próximo a su vivienda, me puse en la situación más pro-
mitir ideas archipodridas, las monedas de mano en m,a-
pia para estar solo cuando quisiese o gozar del calor de
no, de generación degradación, te voilà en pleine 
la familia cuando lo hubiese menester. Vivía el buen se-
écholalie. Gozar del calor de la familia, ésa es buena, jo-
ñor, quiero decir, vivíamos en el barrio que se ha cons-
der si es buena. Maga, cómo podías tragar esta sopa 
truido donde antes estuvo el Pósito. El cuarto de mi tío
fría, y qué diablos es el Pósito, che. Cuántas horas le-
era un principal de dieciocho mil reales, hermoso y ale-
yendo estas cosas, probablemente convencida de que 
gre, si bien no muy holgado para tanta familia. Yo tomé
eran la vida, y tenías razón, son la vida, por eso habría 
el bajo, poco menos grande que el principal, pero so-
que acabar con ellas. (El principal, qué es eso.) Y algu-
bradamente espacioso para mí solo, y lo decoré con lu-
nas tardes cuando me había dado por recorrer vitrina
jo y puse en él todas las comodidades a que estaba acos-
por vitrina toda la sección egipcia del Louvre, y volvía 
tumbrado. Mi fortuna, gracias a Dios, me lo permitía
deseoso de mate y, de pan con dulce, te encontraba pe-
con exceso.

Rayuela, 34.


En setiembre del 80, pocos meses después del falle-
Y las cosas que lee, una novela mal escrita, para colmo
cimiento de mi padre, resolví apartarme de los negocios,
una edición infecta, uno se pregunta cómo puede intere-
cediéndolos a otra casa extractora de Jerez, tan acreditada
sarle algo así. Pensar que ha pasado horas enteras de-
como la mía; realicé los créditos que pude, arrendé los 
vorando esta sopa fría y desabrida, tantas otras lecturas 
predios, traspasé las bodegas y sus existencias, y me fui a 
increíbles, Elle y France Soir, los tristes magazines que le
vivir a Madrid. Mi tío (primo carnal de mi padre), don
prestaba Babs. Y me fui a vivir a Madrid, me imagino
Rafael Bueno de Guzmán y Ataide, quiso albergarme 
que después de tragarse cinco o seis páginas uno acaba
en su casa; mas yo me resistí a ello por no perder mi in-
por engranar y ya no puede dejar de leer, un poco como 
dependencia. Por fin supe hallar un término de conci-
no se pude dejar de dormir o mear, servidumbres o 
liación, combinando mi cómoda libertad con el hospi-
látigos o babas. Por fin supe hallar un termino de concilia-
talario deseo de mi pariente; y alquilando un cuarto
ción, una lengua hecha de frases preacuñadas para trans
próximo a su vivienda, me puse en la situación más pro-
mitir ideas archipodridas, las monedas de mano en m,a-
pia para estar solo cuando quisiese o gozar del calor de
no, de generación degradación, te voilà en pleine 
la familia cuando lo hubiese menester. Vivía el buen se-
écholalie. Gozar del calor de la familia, ésa es buena, jo-
ñor, quiero decir, vivíamos en el barrio que se ha cons-
der si es buena. Maga, cómo podías tragar esta sopa 
truido donde antes estuvo el Pósito. El cuarto de mi tío
fría, y qué diablos es el Pósito, che. Cuántas horas le-
era un principal de dieciocho mil reales, hermoso y ale-
yendo estas cosas, probablemente convencida de que 
gre, si bien no muy holgado para tanta familia. Yo tomé
eran la vida, y tenías razón, son la vida, por eso habría 
el bajo, poco menos grande que el principal, pero so-
que acabar con ellas. (El principal, qué es eso.) Y algu-
bradamente espacioso para mí solo, y lo decoré con lu-
nas tardes cuando me había dado por recorrer vitrina
jo y puse en él todas las comodidades a que estaba acos-
por vitrina toda la sección egipcia del Louvre, y volvía 
tumbrado. Mi fortuna, gracias a Dios, me lo permitía
deseoso de mate y, de pan con dulce, te encontraba pe-
con exceso.


Rayuela, 34.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Isaac Asimov

Uno de los principios favoritos de Gregory Powell era que con la excitación no se gana nada; de manera que cuando Mike Donovan bajó las escaleras saltando hacia él, con el cabello rojo empapado de sudor, Powell frunció el ceño.
-¿Qué pasa? -dijo-. ¿Te has roto una uña?
-¡Ya!... -exclamó Donovan  febril-. ¿Qué has estado haciendo aquí abajo todo el día? -Hizo una profunda aspiración-: ¡Speedy no ha regresado!
Los ojos de Powell se agrandaron momentáneamente y se detuvo en la escalera; después reaccionó y siguió subiendo. No pronunció una palabra hasta llegar al rellano de arriba y entonces dijo:
-¿Has mandado a buscar el selenio?
-Sí.
-¿Y cuánto tiempo lleva fuera?
-Cinco horas ya.

Silencio. Era una situación endiablada. Llevaban exactamente doce horas en Mercurio y ya estaban metidos hasta las cejas en el mar de las complicaciones.  Hacía ya tiempo que Mercurio era el mundo endiablado del sistema, pero aquello resultaba excesivo, incluso para el diablo.

Yo, Robot

domingo, 16 de febrero de 2014

Julio Cortázar

Toco tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez vez tu boca entreabierta, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida para mi para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que  mi mano te dibuja.

Rayuela (7)

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Carlos Salazar Herrera


Un matoneado

Ya nada tenía que pensar. Todo estaba pensado ya.
Eran las cinco y media de la tarde.
Gabriel Sánchez, escondido en el matorral, abrazando su carabina, acechaba la vuelta del atajo por donde solía pasar todos los días Rafael Cabrera, a las seis de la tarde, cuando iba para su casa.
¡Todo estaba pensado ya!
Gabriel dispararía, distante a ochenta pasos largos del corte caminero que da la vuelta al Cerro de los Pavones.
Allá, el camino solitario y confianzudo.
Aquí, el matorral encubridor y agazapado.
Por allá pasaría Cabrera.
Por aquí dispararía Gabriel.
“¡Las pagarás todas juntas!”, habíase dicho, y estaba dispuesto a cumplir su palabra.
Algún tiempo atrás, en una armería cualquiera adquirió la carabina, cuya posesión mantuvo ignorada para todos, oculta en la montaña, bajo unas cortezas impermeables.
¡Todo estaba pensado ya! No cometería torpeza alguna que pudiera delatarlo. Para eso había calculado todos sus proyectos hasta la saciedad.
Y ahora, sentado sobre los talones, acariciando el arma, esperaba y esperaba, sin apartar la vista del recodo del camino.
Había decidido matonear a Rafael Cabrera, y para matonearlo estaba allí, inconmovible, como un monolito.
“¡Las pagarás todas juntas!...”
Escondíase, grande y rojo, el sol de marzo.
Por fin, allá, al despuntar la vuelta del Cerro de los Pavones, con un fondo luminoso de celajes, apareció la silueta del otro.
Gabriel miró su reloj. Eran las seis en punto de la tarde.
¡Cumpliría su palabra!... Ya era cosa de unos segundos.
Entonces empezó a oír apresuradamente sus palpitaciones, y se enojó con su débil corazón.
Frente a él, a dos palmos, vio un racimo sazón de moras; arrancó unas cuantas y se las echó a la boca. Luego las escupió... porque no eran moras.
Aquél había llegado al lugar elegido para matarlo.
Éste se puso la culata al hombro, sostuvo el resuello apuntando con toda precisión... y disparó. El eco repitió el carabinazo.
Aquél se llevó las manos al pecho y cayó violentamente, rodando luego por un pequeño declive, donde quedó boca abajo, hundido en el polvo.
Gabriel Sánchez se alegró de haberlo matado, y comenzó a realizar su plan de regreso.
Bajó por un despeñadero hasta la orilla del río, en cuya profundidad arrojó la carabina. Halló luego la canoa, que días antes había escondido entre las breñas de la ribera, y la puso a flote. Remó. Remó usando toda la fortaleza de sus músculos, para librarse, bien pronto, de tan franca cortadura.
Alcanzada la ribera opuesta, abandonó la canoa a la voluntad del río y se metió en la selva.
Ahora iba lento y sosegado, como si nada hubiera ocurrido. No pensaba siquiera en lo que había hecho. Eso lo dejaba para después.
Un pájaro bobo lo siguió largo rato, saltando de árbol en árbol, hasta que se volvió cansado de aquel hombre sin importancia.
El hombre sin importancia acabó de atravesar la selva y salió a un campo de pasto; después al camino carretero, ancho y sabroso.
Llegó a su casa, regocijadamente. Nadie había. Envolvió una toma de picadura de tabaco en un recorte de papel amarillo y le dio fuego, chupándolo hasta colmar los pulmones.
¡Nadie lo había visto!
Echóse sobre una hamaca y sopló una columna de humo.
Entró la noche.
Fue cuando se dio a gustar la venganza a su sabor, gozándose del acierto de todo, y de su dominio contra la flaca naturaleza de los nervios.
Necesitó luego fortalecer su conciencia con las poderosas razones que tuvo para matar, llevando a su memoria los motivos que originaron aquel juramento: “¡Las pagarás todas juntas!”
¡Rafael Cabrera estaba ahora muerto!... ¡Él lo había querido!... ¡Se lo había ganado!... ¡No faltaba más!...
Y así, echado boca arriba, con las manos enlazadas debajo de la nuca, estuvo largo rato, desgranando una mazorca de recuerdos viejos.
De pronto, recordó que él solía ir por las noches, a esas horas, al comisariato del chino Acón, donde llegaban a conversar los peones y patronos de las haciendas vecinas.
La ausencia suya en el comisariato, podría dar lugar a una sospecha. Por otra parte, su hermano no tardaría en llegar, sorprendiéndose, seguramente, de encontrarlo metido en la casa, lo cual originaría una pregunta que resolvió evitar.
Era preciso considerarlo todo. Hasta los más despreciables detalles, ahora y en el futuro, podrían ser una imprudencia.
Entonces Gabriel comprendió que, en cierto modo, había perdido su libertad.
Se dirigió al comisariato del chino Acón, igual que todas las noches, a charlar un rato con los peones.
Allí, posiblemente se comentaba ya el asesinato de Cabrera.
Gabriel debería escuchar la noticia con asombro. Quizás reprocharía indignado el crimen. Quizás agregaría luego con fingida tristeza: “¡Pobre señor Cabrera!... ¡No hay derecho para matar!...
Iba caminando a paso lento, bajo la noche y entre los grillos.
Resolvió desembarazarse en el camino de un fardo de cosas por pensar, pero la carga se le hizo más pesada con una angustia, que no supo por qué, se le encajó encima.
Perdía la serenidad conforme se acercaba al grupo de sus amigos.
Tuvo la impresión de que llevaba marcada en el semblante, la tremenda verdad que quería encubrir. Tuvo el temor de que sus propios ojos lo fueran a delatar. Sintió miedo de que él mismo, inesperadamente y contra su propia voluntad, fuera a contarlo todo, víctima de una turbación.
Quiso arrancarse de golpe aquellas inquietudes... pero ya no pudo. Nuevos temores se le incrustaron en el cerebro.
“¿Alguien vería el humo de la pólvora?... ¿Alguien lo miraría bajar por el despeñadero? ¿Arrojar la carabina al río? ¿Remar en la canoa? ¿Echarla a la deriva? ¿Atravesar la selva? ¿Cruzar el pastizal?... Aquel pájaro bobo que lo siguió largo rato, ¿sería capaz de contar algo?
Y se echó a reír; luego se asustó de oírse riendo.
“No, nadie lo sabía. Todo fue un acierto. ¡Era preciso matar!... Y ahora Rafael Cabrera es un cadáver, tirado en la vuelta del Cerro de los Pavones.”
Miró el reloj. Eran las ocho recién pasadas. Y echándose las manos en los bolsillos con aire indiferente...
Entró en el comisariato del chino Acón. El comisariato del chino Acón estaba lleno de gente. Gabriel saludó a los muchachos rozando con sus dedos el ala del sombrero, y se fue a sentar en un ángulo de la tienda, sobre unos cajones con mercaderías. Encendió un cigarrillo y, al levantar la vista, notó que varios peones lo miraban con marcada insistencia. Un hervor de sangre le recorrió, atropelladamente, todo el cuerpo.
Observó que entre todos los peones se había hecho un silencio lleno de crueldad. A las miradas de aquéllos, se unieron las de otros, y otros, y otros más.
Tembló.
Se le helaron las manos y comenzó a sudar.
Algunos hombres comentaron algo en voz baja, mientras lo miraban de soslayo con aire misterioso. Después... ¡nada!... Se oía el silencio.
Gabriel creyó necesario sonreír. Fue una risa dolorosa, estrujada por el miedo. Notó que le temblaban los ángulos de la boca. Se dio cuenta de que no tenía fuerzas para hablar ni para moverse: que no tenía valor, ni siquiera, para quedarse allí mismo, inmóvil. El Jefe Político acababa de entrar, y Gabriel Sánchez pudo oír que dos o tres veces le decían sucesivamente:
—A usted le toca decírselo.
El Jefe Político se adelantó con paso lento en dirección a Gabriel, seguido de algunos hombres. En aquel momento, Gabriel reaccionó... ¡Lo negaría todo! Además, nadie podría probarle nada porque... ¡no hubo error alguno! ¡Estaba seguro! Levantó la cabeza y se llenó de magnificencia.
—Gabriel —dijo el Jefe Político—, venga usted conmigo.
Y ya afuera del comisariato, con voz piadosa:

—Hará poco más o menos dos horas, matonearon a su hermano en la vuelta del Cerro de los Pavones.

Cuentos de angustias y paisajes.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Julio Verne

Poco después se abrió el gabinete imperial y un ujier anunció al general Kissoff.
-¿Y el correo? -le preguntó con impaciencia el Zar.
-Está ahí, señor -respondió el general Kissoff
-¿Has encontrado ya al hombre que necesitamos?
-Respondo de él ante Vuestra Majestad.
-¿Estaba de servicio en Palacio?
-Sí, señor.
-¿Lo conoces?
-Personalmente. Varias veces ha desempeñado con éxito misiones difíciles.
-¿En el extranjero?
-En la misma Siberia.
-¿De dónde es?
-De Omsk. Es siberiano.
-¿Tiene sangre fría, inteligencia, coraje...?
-Sí, señor. Tiene todo lo necesario para triunfar allí donde otros fracasarían.
-¿Su edad?
-Treinta años.
-¿Es fuerte?
-Puede soportar hasta los extremos límites del frío, hambre, sed y fatiga.
-¿Tiene un cuerpo de hierro?
-Sí, señor.
-¿Y su corazón?
-De oro, señor.
-¿Cómo se llama?
-Miguel Strogoff.
-¿Está dispuesto a partir?
-Espera en la sala de guardia las órdenes de Vuestra Majestad.
-Que pase -dijo el Zar.


Instantes después, el correo Miguel Strogoff entraba en el gabinete imperial...


Miguel Strogoff

miércoles, 4 de diciembre de 2013

J.R.R. Tolkien

ACERTIJO EN LAS TINIEBLAS

Cuando Bilbo abrió los ojos, se preguntó si en verdad los habría abierto; puesto que todo estaba tan oscuro como si los tuviese cerrados. No había nadie cerca de él. ¡Imaginaos qué terror! No podía ver nada, ni oír nada, ni sentir nada, excepto la piedra del suelo.
Se incorporó muy lentamente y anduvo a tientas hasta tropezar con la pared del túnel; pero ni hacia arriba ni hacia abajo pudo encontrar nada, nada en absoluto, ni rastro de trasgos o enanos. La cabeza le daba vueltas y ni siquiera podía decir en qué dirección habrían ido los otros cuando cayó de bruces. Trató de orientarse de algún modo, y se arrastro largo trecho hasta que de pronto tocó con la mano al que parecía un anillo pequeño, frío y metálico, en el suelo del túnel. Éste iba a ser un momento decisivo en la carrera del Bilbo, pero él no lo sabía. Casi sin darse cuenta se metió la sortija en el bolsillo. Por cierto, no parecía tener ninguna utilidad por ahora. No avanzó mucho más; se sentó  en el suelo helado, abandonándose a un completo abatimiento. Se imaginaba friendo huevos y panceta en la cocina de su propia casa –pues alcanzaba a sentir, dentro de él, que era la hora de alguna comida-, pero sólo lo hacia más miserable.


El Hobbit

lunes, 2 de diciembre de 2013

J.R.R. Tolkien

AINULINDALË

La Música de los Ainur

En el principio estaba Eru, el Único, que en Arda es llamado Ilúvatar; y primero hizo a los Ainur, los Sagrados, que eran vástagos de su pensamiento, y estuvieron con él antes que se hiciera alguna otra cosa. Y les habló y les propuso temas de música; y cantaron ante él y él se sintió complacido. Pero por mucho tiempo cada uno de ellos cantó solo, o junto con unos pocos, mientras el resto escuchaba; porque cada uno sólo entendía aquella parte de la mente de Ilúvatar de la que provenía él mismo, y eran muy lentos en comprender el canto de sus hermanos. Pero cada vez que escuchaban, alcanzaban una comprensión más profunda, y crecían en unisonancia y armonía.
Y sucedió que Ilúvatar convocó a todos los Ainur, y les comunicó un tema poderoso, descubriendo para ellos cosas todavía más grandes y más maravillosas que las reveladas hasta entonces; y la gloria del principio y el esplendor del final asombraron a los Ainur, de modo que se inclinaron ante Ilúvatar y guardaron silencio.
Entonces les dijo Ilúvatar: —Del tema que os he comunicado, quiero ahora que hagáis, juntos y en armonía, una Gran Música. Y como os he inflamado con la Llama Imperecedera, mostraréis vuestros poderes en el adorno de este tema mismo, cada cual con sus propios pensamientos y recursos, si así le place. Pero yo me sentaré y escucharé, y será de mi agradó que por medio de vosotros una gran belleza despierte en canción.

Entonces las voces de los Ainur, como de arpas y laúdes, pífanos y trompetas, violas y órganos, y como de coros incontables que cantan con palabras, empezaron a convertir el tema de Ilúvatar en una gran música; y un sonido se elevó de innumerables melodías alternadas, entretejidas en una armonía que iba más allá del oído hasta las profundidades y las alturas, rebosando los espacios de la morada de Ilúvatar; y al fin la música y e1 eco de la música desbordaron volcándose en el Vacío, y ya no hubo vacío. Nunca desde entonces hicieron los Ainur una música como ésta aunque se ha dicho que los coros de los Ainur y los Hijos de Ilúvatar harán ante él una música todavía más grande, después del fin de los días. Entonces los temas de Ilúvatar se tocarán correctamente y tendrán ser en el momento en que aparezcan, pues todos entenderán entonces plenamente la intención del Único para cada una de las partes, y conocerán la comprensión de los demás, e Ilúvatar pondrá en los pensamientos de ellos el fuego secreto. 

El Silmarillion