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Dejó al fin de pringar. Un vientecito brincador empezó a barrer el cielo. El sol logró meter un rayo dioro en la laguna, como carrizo en jícara, y empezó a beberse la cebada espumosa de aquella neblina. A las tres se vido clarito las dos rodillas prietas del volcán acurrucado allá en Oriente. Como enormes esponjas oscuras, fueron apareciendo las ramazones de los palos asomados a la playa. En el patio del rancho cercano, la tarraya colgada de una pértiga parecía la telaraña del callar, para coger moscas de ruido.
Cuentos de barro
Bruma
Necesito una de esas telarañas 💜
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