Desplegué entonces sobre la mesa un mapa de estrellas y, a
la luz de la cercana Betelgeuse, velada
a ratos por la ternera que volvía sobre su órbita, busqué en la región en la que
me encontraba la sede de alguna civilización cósmica que pudiera prestarme
ayuda. Sin embargo, era un desierto estelar completo, que todas las naves
evitaban por ser una zona excepcionalmente peligrosa, puesto que se encontraban
en ella unos remolinos de gravitación, tan enigmáticos como amenazadores, en la
cantidad de 147, cuya existencia tratan de aclarar seis teorías astrofísicas,
cada una de modo diferente.
El calendario cosmonáutico advertía a los viajeros sobre las
consecuencias imprevisibles de los efectos relativísticos que pueden sufrir al
paso por un remolino, sobre todo si la nave circula a una gran velocidad.
A mí, estas advertencias no me servían, ya que no tenía control
sobre mi nave. Calculé solamente que chocaría con el borde del primer remolino
a eso de las once, así que me di prisa en la preparación del desayuno, para no
tener que enfrentarme en ayunas con el peligro. Estaba secando el último plato
cuando el cohete empezó a dar tumbos y sacudidas tan fuertes que los objetos
volaban de una pared a otra. Me arrastré a duras penas hasta la butaca, a la
cual logré atarme. Mientras las sacudidas se hacían cada vez más fuertes,
vislumbré al lado opuesto del habitáculo una especie de neblina lila y, en medio
de ella, entre la pica y la cocina, una confusa silueta humana con delantal
vertiendo huevos batidos en la sartén.
La aparición me miró con atención, pero sin ninguna muestra
de asombro, y luego se desdibujó y desapareció. Me froté los ojos. Como mi soledad
era un hecho irrefutable, atribuí aquella imagen a un aturdimiento momentáneo.
Sentado en mi butaca o, mejor dicho, saltando con ella, comprendí
en un momento de lucidez que no fue una alucinación. Justo entonces pasaba
cerca de mí un grueso volumen de la teoría general de la relatividad. Intenté
atraparlo al vuelo y lo conseguí al cuarto intento. No era nada fácil hojear el
pesado libro en aquellas condiciones –las fuerzas que hacían dar tumbos de
borracho a la nave eran terribles–, pero encontré por fin el párrafo que me
interesaba. Se hablaba en él de los fenómenos del llamado «lazo temporal», o sea,
la inflexión de la dirección del fluir del tiempo dentro del área de los campos
gravitatorios de tremenda fuerza, que pueden provocar incluso un cambio de la
dirección tan radical que ocurre lo que se llama «duplicación del presente». El
remolino que acababa de atravesar no era de los más potentes. Sabía que, si
pudiera desviar un poquito la proa de la nave hacia el polo de la galaxia,
cortaría el llamado Vórtex Gravitatiosus
Pinckenbachii, donde fueron observados repetidas veces los fenómenos de la
duplicación y hasta triplicación del presente.
Diarios de las Estrellas
Viajes de Ijon TIichy
Viaje Séptimo
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