jueves, 18 de abril de 2019

Stanisław Lem


Desplegué entonces sobre la mesa un mapa de estrellas y, a la  luz de la cercana Betelgeuse, velada a ratos por la ternera que volvía sobre su órbita, busqué en la región en la que me encontraba la sede de alguna civilización cósmica que pudiera prestarme ayuda. Sin embargo, era un desierto estelar completo, que todas las naves evitaban por ser una zona excepcionalmente peligrosa, puesto que se encontraban en ella unos remolinos de gravitación, tan enigmáticos como amenazadores, en la cantidad de 147, cuya existencia tratan de aclarar seis teorías astrofísicas, cada una de modo diferente.
El calendario cosmonáutico advertía a los viajeros sobre las consecuencias imprevisibles de los efectos relativísticos que pueden sufrir al paso por un remolino, sobre todo si la nave circula a una gran velocidad.
A mí, estas advertencias no me servían, ya que no tenía control sobre mi nave. Calculé solamente que chocaría con el borde del primer remolino a eso de las once, así que me di prisa en la preparación del desayuno, para no tener que enfrentarme en ayunas con el peligro. Estaba secando el último plato cuando el cohete empezó a dar tumbos y sacudidas tan fuertes que los objetos volaban de una pared a otra. Me arrastré a duras penas hasta la butaca, a la cual logré atarme. Mientras las sacudidas se hacían cada vez más fuertes, vislumbré al lado opuesto del habitáculo una especie de neblina lila y, en medio de ella, entre la pica y la cocina, una confusa silueta humana con delantal vertiendo huevos batidos en la sartén.
La aparición me miró con atención, pero sin ninguna muestra de asombro, y luego se desdibujó y desapareció. Me froté los ojos. Como mi soledad era un hecho irrefutable, atribuí aquella imagen a un aturdimiento momentáneo.
Sentado en mi butaca o, mejor dicho, saltando con ella, comprendí en un momento de lucidez que no fue una alucinación. Justo entonces pasaba cerca de mí un grueso volumen de la teoría general de la relatividad. Intenté atraparlo al vuelo y lo conseguí al cuarto intento. No era nada fácil hojear el pesado libro en aquellas condiciones –las fuerzas que hacían dar tumbos de borracho a la nave eran terribles–, pero encontré por fin el párrafo que me interesaba. Se hablaba en él de los fenómenos del llamado «lazo temporal», o sea, la inflexión de la dirección del fluir del tiempo dentro del área de los campos gravitatorios de tremenda fuerza, que pueden provocar incluso un cambio de la dirección tan radical que ocurre lo que se llama «duplicación del presente». El remolino que acababa de atravesar no era de los más potentes. Sabía que, si pudiera desviar un poquito la proa de la nave hacia el polo de la galaxia, cortaría el llamado Vórtex Gravitatiosus Pinckenbachii, donde fueron observados repetidas veces los fenómenos de la duplicación y hasta triplicación del presente.


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