Primer
día
Donde se llega al pie de la
abadía y Guillermo da pruebas de gran agudeza.
Era una hermosa mañana de finales de
noviembre. Durante la noche había nevado un poco, pero la fresca capa que
cubría el suelo no superaba los tres dedos de espesor. A oscuras, en seguida
después de laudes, habíamos oído misa en una aldea del valle. Luego, al
despuntar el sol, nos habíamos puesto en camino hacia las montañas.
Mientras
trepábamos por la abrupta vereda que serpenteaba alrededor del monte, vi la
abadía. No me impresionó la muralla que la rodeaba, similar a otras que había
visto en todo el mundo cristiano, sino la mole de lo que después supe que era
el Edificio. Se trataba de una construcción octogonal que de lejos parecía un
tetrágono (figura perfectísima que expresa la solidez e invulnerabilidad de la
Ciudad de Dios), cuyos lados meridionales se erguían sobre la meseta de la
abadía, mientras que los septentrionales parecían surgir de las mismas faldas
de la montaña, arraigando en ellas y alzándose como un despeñadero. Quiero
decir que en algunas partes, mirando desde abajo, la roca parecía prolongarse
hacia el cielo, sin cambio de color ni de materia, y convertirse, a cierta
altura, en burche y torreón (obra de gigantes habituados a tratar tanto con la
tierra como con el cielo). Tres órdenes de ventanas expresaban el ritmo
ternario de la elevación, de modo que lo que era físicamente cuadrado en la
tierra era espiritualmente triangular en el cielo. Al acercarse más se advertía
que, en cada ángulo, la forma cuadrangular engendraba un torreón heptagonal,
cinco de cuyos lados asomaban hacia afuera; o sea que cuatro de los ocho lados
del octágono mayor engendraban cuatro heptágonos menores, que hacia afuera se
manifestaban como pentágonos. Evidente, y admirable, armonía de tantos números
sagrados, cada uno revestido de un sutilísimo sentido espiritual. Ocho es el
número de la perfección de todo tetrágono; cuatro, el número de los evangelios;
cinco, el número de las partes del mundo; siete, el número de los dones del
Espíritu Santo. Por la mole, y por la forma, el Edificio era similar a Castel
Urbino o a Castel dal Monte, que luego vería en el sur de la península
italiana, pero por su posición inaccesible era más tremendo que ellos, y capaz
de infundir temor al viajero que se fuese acercando poco a poco. Por suerte era
una diáfana mañana de invierno y no vi la construcción con el aspecto que
presenta en los días de tormenta.
El nombre de la rosa
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