Pegada
la frente a los cristales, me dediqué a estudiar la multitud, cuando de pronto
se me hizo visible un rostro (el de un anciano decrépito de unos sesenta y
cinco o setenta años) que detuvo y absorbió al punto toda mi atención, a causa
de la absoluta singularidad de su expresión. Jamás había visto nada que se pareciese
remotamente a esa expresión. Me acuerdo de que, al contemplarla, mi primer
pensamiento fue que, si Retzch la hubiera visto, la hubiera preferido a sus
propias encarnaciones pictóricas del demonio. Mientras procuraba, en el breve
instante de mi observación, analizar el sentido de lo que había experimentado,
crecieron confusa y paradójicamente en mi Cerebro las ideas de enorme capacidad
mental, cautela, penuria, avaricia, frialdad, malicia, sed de sangre, triunfo,
alborozo, terror excesivo, y de intensa, suprema desesperación. «¡Qué
extraordinaria historia está escrita en ese pecho!», me dije. Nacía en mí un
ardiente deseo de no perder de vista a aquel hombre, de saber más sobre él.
Poniéndome rápidamente el abrigo y tomando sombrero y bastón, salí a la calle y
me abrí paso entre la multitud en la dirección que le había visto tomar, pues
ya había desaparecido. Después de algunas dificultades terminé por verlo otra
vez; acercándome, lo seguí de cerca, aunque cautelosamente, a fin de no llamar
su atención. Tenía ahora una buena oportunidad para examinarlo. Era de escasa
estatura, flaco y aparentemente muy débil. Vestía ropas tan sucias como
harapientas; pero, cuando la luz de un farol lo alumbraba de lleno, pude
advertir que su camisa, aunque sucia, era de excelente tela, y, si mis ojos no
se engañaban, a través de un desgarrón del abrigo de segunda mano que lo
envolvía apretadamente alcancé a ver el resplandor de un diamante y de un
puñal. Estas observaciones enardecieron mi curiosidad y resolví seguir al desconocido
a dondequiera que fuese.
El Hombre de la multitud (Cuento)
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