ACERTIJO EN LAS TINIEBLAS
Cuando Bilbo abrió los ojos, se preguntó si en verdad los habría
abierto; puesto que todo estaba tan oscuro como si los tuviese cerrados. No había
nadie cerca de él. ¡Imaginaos qué terror! No podía ver nada, ni oír nada, ni
sentir nada, excepto la piedra del suelo.
Se incorporó muy lentamente y anduvo a tientas hasta tropezar con
la pared del túnel; pero ni hacia arriba ni hacia abajo pudo encontrar nada,
nada en absoluto, ni rastro de trasgos o enanos. La cabeza le daba vueltas y ni
siquiera podía decir en qué dirección habrían ido los otros cuando cayó de
bruces. Trató de orientarse de algún modo, y se arrastro largo trecho hasta que
de pronto tocó con la mano al que parecía un anillo pequeño, frío y metálico,
en el suelo del túnel. Éste iba a ser un momento decisivo en la carrera del
Bilbo, pero él no lo sabía. Casi sin darse cuenta se metió la sortija en el
bolsillo. Por cierto, no parecía tener ninguna utilidad por ahora. No avanzó
mucho más; se sentó en el suelo helado,
abandonándose a un completo abatimiento. Se imaginaba friendo huevos y panceta
en la cocina de su propia casa –pues alcanzaba a sentir, dentro de él, que era
la hora de alguna comida-, pero sólo lo hacia más miserable.
El Hobbit
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